El cerebro de un bebé tiene durante las primeras semanas una gran actividad: debe formar millones de nuevas conexiones de manera mucho más activa que el de una persona adulta.
El cerebro de los bebes inteligentes nacen con vocación de aprender y con ganas de trabajar. Comienza a funcionar antes de estar terminado, en la panza de mamá, y sigue haciéndolo de manera vertiginosa durante los primeros tres años de vida. En esta etapa, trabajará el doble de lo que lo hará en la edad adulta.

De hecho, a partir del nacimiento y hasta el primer cumpleaños tiene lugar el proceso más importante y decisivo del desarrollo del cerebro: se sientan las bases de los circuitos neuronales que permitirán al pequeño desarrollar plenamente su inteligencia y seguir aprendiendo en el futuro.
Los genes de los bebes inteligentes contienen una información determinada que va a definir la su inteligencia potencial desde el mismo momento de la concepción. Durante el embarazo, su cerebro se pone en marcha inmediatamente, incluso estando en fase de formación. Su actividad se va desarrollando acorde con la interacción entre sus propias conexiones genéticamente preparadas y el medio en el que se encuentra, que en este momento es el vientre de su madre.
Está influido por el mismo ambiente en el que ella vive. Por ese motivo, cualquier cambio que se produzca en ese entorno tan particular repercutirá en esa interacción.
A partir del parto, el contexto en el que viva el chico seguirá influyendo en él de manera decisiva. Gracias a todos los estímulos que recibe desde que asoma su cabecita al mundo, el cerebro del recién nacido pone en marcha todo un complejo proceso en el que están implicadas millones de células nerviosas. Es imprescindible que estas células se conecten entre sí para que funcionen correctamente. |