Algunas parejas se preocupan porque piensan que si tienen al bebé en brazos la mayor parte del tiempo, lo alimentan cuando da señales de tener hambre y lo levantan cada vez que llora, lo van a malcriar. ¡Tonterías! Quizás una explicación del trasfondo que hizo que los padres temieran malcriar a su bebé te ayude a entender cómo esta teoría infundada se hizo tan popular.
Entre 1920 y 1960 se puso de moda un tipo de crianza desafortunado al que llamo "crianza con desapego". Presuntos expertos elaboraron teorías que gradualmente separaron a las madres de sus bebés. Para empezar, el nacimiento se convirtió en una operación quirúrgica en lugar ser de un proceso fisiológico normal. Luego del nacimiento se separaba a las madres de sus bebés y estos quedaban al cuidado de "expertos" en la nurserí. El paso siguiente en la separación madre-hijo fue la campaña publicitaria organizada por los fabricantes de leche artificial "humanizada" para promocionar su producto como sustituto de la leche materna.
Procuraban convencer a las madres de que era tan buena como su propia leche y, por cierto, mas conveniente. El siguiente trastorno en la continuidad madre-hijo se produjo cuando los consejeros les advirtieron a las madres que no debían dormir con sus bebés.
Finalmente, en las décadas del cincuenta y del sesenta, se popularizó una escuela de pensamiento conductista que pregonaba que la madre y el padre deberían tratar de no responder al llanto del bebé. Estas teorías, desafortunadas e infundadas, sobre el cuidado del bebé se asociaron con la necesidad económica y dieron lugar a que más y más madres dejaran a sus bebés en guarderías.
El resultado de la crianza con desapego fue que los progenitores no conocían a sus bebés. Los separaban en el nacimiento, los separaban del pecho, los separaban durante la noche y durante el día. A las madres se les aconsejaba ir en contra de los instintos biológicos que las instaban a dar una respuesta afectuosa frente al llanto del bebé. Básicamente, las madres y los padres perdieron la confianza en sí mismos y dejaron el cuidado de los hijos en manos de los expertos para no malcriar.
Sin embargo, la verdad es que los expertos no sabían. En algún momento de la era del desapego se popularizó la teoría sobre malcriar a los hijos, la idea de que si respondías en forma intuitiva y te vinculabas afectivamente con el bebé, lo ibas a malcriar, o sea, terminaría dependiendo de los padres. Finalmente, a comienzos de los años setenta, la intuición materna comenzó a resistirse a esas teorías. Además, psicólogos infantiles reconocidos comenzaron a comparar a los bebés criados con el estilo del desapego y los criados con el estilo de la vinculación afectiva.
Como era de prever, encontraron que los bebés que crecían íntimamente ligados a sus padres (se relacionaban en el momento del nacimiento, se los amamantaba cuando querían, recibían una respuesta afectiva al llanto, se los cargaba mucho en brazos y a menudo se les permitía dormir con los padres) de hecho resultaban ser más independientes y se separaban de sus padres con mayor facilidad en cierto momento del segundo año de vida. Los estudios científicos finalmente comprobaron lo que las madres sospecharon todo el tiempo: la estrecha vinculación entre el bebé y sus padres no hace que sea un malcriado.
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