Si queremos algo como madres primerizas... ¡hay que pedirlo!
Pero, ¿están ellos al tanto de lo que nos pasa, o estamos esperando a que lo deduzcan? Nuestro talón de Aquiles es precisamente que casi nunca dejamos ver lo mal que nos encontramos. Eso por una parte, y por otra que no sabemos pedir. Creemos que nuestras dificultades son obvias y que la ayuda tendría que «salir» de él. No es así. Es urgente aprender a pedir todo lo que necesitamos, porque la alternativa en la que solemos desembocar suele ser demoledora para cualquier relación: la exigencia encubierta.
«Por una vez, ¿podrías levantarte, alguna vez, no?». «No puedo creer que te hayas olvidado de los pañales». Son expresiones en las que dejamos clara nuestra postura desde la exigencia. El problema es que no son efectivas para conseguir lo que queremos. Nadie responde contento a una exigencia.
Podríamos cambiarlas por otras frases, hablando desde lo que sentimos: «¿Podrías abrir la puerta? Me harías un gran favor, me duele todo cada vez que me levanto», o «Estoy tan cansada que se me hace un mundo quedarme sin pañales... ¿Podrías comprarlos ?» (si de verdad son necesarios ahora). Y así, poco a poco, aprenderemos a comunicar lo que necesitamos.
Lo que los bloquea a los padres primerizos
Una de las cosas que más bloquea al hombre es la nueva responsabilidad familiar. Ya no se podrá permitir nunca más dejar un trabajo que no le guste, suele pensar. Las inquietudes lo acucian y, probablemente, huye sin llegar a hacerse consciente de ellas.
Se comporta entonces como un chico ahora que necesitábamos al hombre. A veces no sabe encontrar su lugar. Puede sentirse innecesario, desplazado por todos los que nos han ayudado durante el embarazo y el parto (ginecólogo, partera, amigas, padres) y por nosotras mismas. Puede pensar que para apoyarnos tiene que hacerse cargo del bebé, y cuando lo intenta se encuentra con una leona poco dispuesta a soltar a la criatura.
¿Cuál es su papel en este nuevo equilibrio de a tres? Nosotras cuidamos al bebé, y él nos cuida a nosotras. Así de sencillo es establecer el equilibrio en la nueva relación durante los primeros meses.
El bebé nos necesita para vivir, y nosotras los precisamos a ellos para superar con éxito el posparto. El bebé se alimenta literalmente de nosotras, y nosotras necesitamos a alguien que nos «alimente». Para eso, tenemos que transmitirle que es importante para nosotras.

Una vez que encuentre su lugar empezará a sentirse bien. Reconocerse como padre y soporte de la familia le dará la seguridad que necesitaba para hacerse cargo de las cosas. Pero para poder poner sobre la mesa todo lo que lo angustia y preocupa, también debe saber comunicarse.
Si sentimos que la comunicación con nuestra pareja se ha resentido, lo primero que tenemos que hacer es detenernos y preguntarnos qué está pasando, empezando por nosotras: el reproche al otro nunca resuelve nada.
¿Cuáles son las necesidades que no expresamos? En segundo lugar, debemos escuchar al otro: ¿cuáles son los miedos que se esconden detrás de su parálisis? Y preguntárselo:
«¿Qué te pasa, qué te asusta, qué te angustia, qué te preocupa?». En tercer lugar, hay que vigilar siempre el lugar desde el que nos comunicamos. Si lo hacemos desde la exigencia, apostamos por el alejamiento.
Compartir nuestras preocupaciones de madres primerizas y lo que hemos vivido puede ser un buen punto para restablecer la comunicación. A lo mejor, para nosotras el parto fue terrible, o maravilloso, y para él, frustrante porque no pudo entrar, pasó mucho miedo por nosotras, se sintió excluido... Y ahí empezó la distancia entre los dos. Además, ¿cuáles son nuestras preocupaciones respecto de nuestro hijo? A lo mejor, es que no come bien, y él sufre pensando que no va a ser un buen padre. |